4/3/17

La pequeña isla volcánica de Aogashima

Aogashima        Árbol sagrado       Santuario
La isla volcánica Aogashima tiene una superficie aproximada de 6 kilómetros cuadrados y está situada a 359 kilómetros al sur de Tokio en el mar de Filipinas. Es un volcán emergido de las fosas marinas que surgieron de los restos de una serie de calderas submarinas, configurando un islote de perfiles escarpados que se elevan desde los 200 a los 420 metros de altura. En su interior se encuentra el cráter de la caldera del Maruyama que sigue desprendiendo vapor.

La última vez que el volcán entró en erupción fue en 1785 falleciendo casi la mitad de la población de la isla y los supervivientes huyeron; sin embargo, cincuenta años más tarde volvieron y actualmente unas doscientas personas viven en el cráter del volcán y sobre uno de los costados al norte de la isla.

La agricultura, la pesca y su fábrica de sal son las principales actividades de los habitantes. La sal la extraen calentando agua del mar en cráteres volcánicos hasta que se evapora el agua.

La isla tiene saunas naturales, aguas termales, duchas calientes, baño público y un horno para cocinar. Utilizan el vapor geotérmico y el gas como energía.

Las verduras frescas, las patatas y los huevos cocinados al vapor del volcán son las especialidades gastronómicas de Aogashima.

Debido a su difícil acceso, los habitantes tienen un helicóptero para viajar hasta Hachijojima, la isla más cercana situada a unos 60 kilómetros de distancia. El helicóptero viaja una vez al día y sólo puede llevar un máximo de 9 pasajeros.

Sus canciones folclóricas relatan historias del abandono de la isla y de la separación de sus seres queridos. Como protección aparece el exuberante árbol sagrado de cedro Koikeoku que se conserva desde hace más de 230 años en el bosque y que a través del tallo de musgo emana energía. Lo consideran como el eje de poder de Aogashima.

En Aogashima sólo se puede disfrutar del paisaje natural, de la tranquilidad de un paraíso tropical y de las increíbles vistas que proporcionan los dos cráteres. Sus habitantes viven contentos sin pensar en lo que pueda suceder en el futuro, una actitud sensata porque tampoco nosotros lo sabemos.

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